El ejemplo lo puso César Acuña, y la lección parece haber calado hondo en sus discípulos. La política en La Libertad es una trampolín personal y una carrera para ver quién abandona primero su cargo para ir detrás del dinero y el blindaje del Congreso.

En una de las regiones más golpeada por la delincuencia, sus autoridades han decidido que su bienestar personal es más importante que la gente que los eligió. Esto no es vocación de servicio, es oportunismo y reciclaje que demuestra que la política en La Libertad es una simple fábrica de ambiciones personales.

El primero en huir, con el pretexto de sus «aspiraciones presidenciales», fue César Acuña, dejando el Gobierno Regional a su suerte el 13 de octubre. Pero la estampida se aceleró, siguiendo el manual del líder. Así, la consejera regional Verónica Escobal  ya solicitó licencia sin goce de haber para postular a diputada por Alianza para el Progreso (APP). A ella se suman otros gerentes clave del Gobierno Regional, como Martín Camacho Paz (Educación) y Catherine Blas Villar (Desarrollo e Inclusión Social), quienes dejaron sus puestos para buscar un puesto en el Congreso.

Incluso el regidor de Trujillo Giancarlo Toribio (Podemos Perú) está en la fila para postular a diputado, con plazo hasta febrero para pedir su licencia.

Todos ellos tienen algo en común. Ven en los problemas de La Libertad no una misión por resolver, sino un peldaño para saltar al Congreso, donde esperan sueldos mayores y una inmunidad que les proteja sus espaldas.

La desvergüenza de estas autoridades es total. Dejan sus cargos vacíos y proyectos inconclusos en una de las regiones más crítica del Perú. Para ellos es más importante ganar un cargo que garantizar que la Policía tenga camionetas funcionando.

La reelección de los congresistas salientes (varios con investigaciones fiscales por el caso “Los Niños” o recorte de sueldos) solo confirma que el cargo no es un servicio, sino un negocio familiar.

La gente de La Libertad tiene que abrir los ojos. Sus autoridades están usando sus puestos como un mero punto de partida para sus aspiraciones, abandonando a la población a su suerte en plena crisis. Somo nosotros, los liberteños, quienes debemos devolverlos a la realidad que merecen, y que nunca más usen un cargo público para enriquecerse.

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