En una decisión que raya en lo absurdo, el Gobierno ha dispuesto que Lima y Callao vuelvan a la virtualidad obligatoria de las clases de nuestros niños y jóvenes. ¿La razón? Una emergencia de gas en Camisea, a más de mil kilómetros de distancia. Es inaudito que, mientras en países como Israel las clases presenciales no se suspenden ni bajo amenaza de bombardeos, aquí la premier Denisse Miralles decida que lo más «prescindible» es la educación de nuestros niños para «racionalizar recursos».
Tanto la Asociación de Colegios Privados (ADCA) como Unicef han puesto el grito en el cielo, y con razón. Las instituciones educativas, al igual que los hospitales, deben ser consideradas servicios críticos y de primera necesidad. No se puede interrumpir el impulso educativo y la salud emocional de los estudiantes cada vez que al Gobierno se le escapa una crisis de las manos.
La virtualidad forzada es una barrera que castiga a quienes no tienen conectividad y sobrecarga a las familias trabajadoras. ¿Cómo es posible que se castigue a los colegios de Lima por un problema de gestión energética en el Cusco? Esto solo demuestra que para el actual gabinete, la educación es la última prioridad de su lista.
Ya tenemos la amarga experiencia del COVID-19, donde la virtualidad impactó negativamente en el aprendizaje básico y en la estabilidad emocional de los jóvenes. Volver a este modelo por una emergencia energética es una medida desproporcionada que evidencia la falta de un plan de contingencia serio. Es el sello del paquete caviar: mucha consultoría, pero gestión cero.
Este 12 de abril, los peruanos tenemos que decidir si queremos seguir siendo gobernados por improvisados que cierran colegios ante el primer problema o líderes que entiendan que el futuro se construye en las aulas, no en pantallas impuestas por decreto.
Candidatos como Wolfgang Grozo, López Aliaga, Williams Zapata o Carlos Espá representan una alternativa de gobierno con orden, donde la educación sea sagrada y el Estado sea un gestor eficiente, no un obstáculo. No podemos permitir que el futuro de nuestros hijos sea el «fusible» que salte cada vez que el gabinete de turno fracase en sus funciones. ¡Basta de experimentos con la educación! El Perú exige presencialidad, respeto y autoridades que sepan lo que hacen.

