Nadie le confía a su enemigo declarado sus bienes, pero en la política peruana prefieren aplicar la excepción a la regla. Y es que en los últimos días se han dado sorpresivos y cuestionados nombramientos. 

Tal es el caso de Álvaro Vargas Llosa, designado embajador del Perú en Estados Unidos: el hijo del fallecido premio Nobel de Literatura, de quien no se conoce experiencia alguna en la carrera diplomática.

Este personaje, como muchos otros caviares que venden sus principios por poder y dinero, mantuvo durante años un discurso de confrontación contra quien hoy encabeza el nuevo gobierno.

Resulta contradictorio que un antifujimorista confeso acepte representar al Perú ante un país al que también ha criticado severamente durante mucho tiempo; pero esa es la doble moral que los caracteriza: olvidan a conveniencia.

Este caso, al igual que el del ministro Rafael Belaunde, entre otros, refleja cómo el peso del apellido prevalece por encima de los méritos en la gestión pública.

Una representación sin preparación previa frena el desarrollo del país. La señora presidente debe considerar que quienes en su momento promovieron una anticampaña en su contra podrían volver a darle la espalda cuando menos lo espere.

Ante esta realidad, es momento de priorizar lo que las instituciones realmente requieren: profesionales con capacidad de gestión y, tratándose del servicio exterior, una figura con una trayectoria limpia y de perfil técnico más que político.

Es hora de poner fin a las designaciones a dedo por amiguismo o pago de favores, cortar con esa vieja forma de hacer política de 25 años en los que la mafia caviar controló todo; solo así iniciaremos el cambio de ciclo que el Perú necesita.

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