Desde principios de semana, el cielo sobre el Valle de los Ríos Apurímac, Ene y Mantaro (VRAEM) parece haberse roto. Lluvias torrenciales han desatado lo que ya todos temíamos: huaicos, desbordes de ríos y deslizamientos que tienen a nuestras comunidades aisladas y con miedo.
La carretera San Francisco–Quínua–Ayacucho, nuestro principal cordón umbilical, está bloqueada. Los distritos de Santa Rosa, San Francisco y Quínua están sufriendo, mientras que en Kimbiri vientos huracanados han volado techos como si fueran de papel.
Lo más doloroso no es la lluvia, porque la naturaleza es así. Lo imperdonable es la incompetencia de las autoridades. El Instituto Nacional de Defensa Civil (INDECI) de Ayacucho ha soltado una frase que debería darnos vergüenza: «la respuesta inicial depende de los reportes oficiales que emitan los gobiernos locales». Es decir, mientras el río se lleva la casa de un vecino en Santa Rosa, tenemos que esperar a que un funcionario llene un formulario para que la ayuda se mueva.
¿Por qué sufrimos lo mismo cada año?
Las autoridades saben que en esta época llueve, pero no hay muros de contención reales, no hay descolmatación seria de ríos, solo hay parches. Las oficinas de Gestión de Riesgos en los distritos parecen estar ocupadas por «amigos» del alcalde en lugar de expertos que sepan anticipar un desastre.
Cada vez que llueve, el VRAEM queda cortado del resto del país. ¿Dónde están las obras de infraestructura definitivas que prometieron en campaña?
Hermanos ayacuchanos, el barro que hoy limpia la gente de sus casas es la prueba de que nuestras autoridades nos han fallado. No podemos seguir eligiendo a personas que solo aparecen para regalar calaminas después de que la tragedia ya ocurrió.
Necesitamos un cambio de ciclo este 2026. Tanto en las presidenciales como en las regionales, nuestro voto tiene que ser un filtro de capacidad. Basta de improvisados. Necesitamos líderes con equipos eficientes, técnicos que no necesiten esperar un «reporte oficial» para saber que su gente está sufriendo.
Ayacucho y el VRAEM merecen respeto y obras que salven vidas, no solo promesas que se las lleva el río. ¡Ya es hora de que la emergencia sea la capacidad y no la tragedia!

